Sleepover


Me miras y, a pesar de que hace horas que los rayos de sol bañan mi desordenada habitación, se hace de día.

Me veo reflejada en tus ojos color tierra mojada, tan juveniles y atentos que me embriagan. Veo a la chica que, si no fuera tan tímida, te pediría que volvieras a dormirte solo para tenerte consigo un ratito más. Para estirar lo inevitable.

Me gustaría saber en qué estás pensando, pero me da miedo preguntártelo. Quizás me estás evaluando, quizás recuerdas que con otras fue mejor, por eso oculto la vergüenza pintada en mis incandescentes mejillas bajo la fina sábana de lino. No te hacen falta palabras para decirme que deje de proyectar, que ahora solo estamos nosotras dos. Ojalá creerte, pero me siento tan pequeña y expuesta a tu lado que tengo la sensación de que tu mirada me miente de la misma manera que le mentimos a los niños. Quieres tranquilizarme antes de que la inseguridad me obligue a levantar un muro entre las dos y te eche para siempre de mi colchón y de mi vida. Es una lástima que las dos sepamos que, aunque consigas relajarme del todo, no podré retenerte durante mucho tiempo. Y es que como pasa con Papá Noel y otras fantasías, llega un momento en el que tienes que aceptar que, por muy bonito que haya sido, al fin y al cabo no son más que eso, fantasías, y que hay que volver a la vida aburrida y rutinaria al día siguiente. Eso sí, déjame decirte que tenerte tumbada en mi cama y previamente asomada entre mis piernas ha sido el mejor de los regalos.

Como si me hubieras leído la mente, tus finos labios rosados dibujan una línea arqueada hacia la cabecera de la cama, y te ríes. Ahí es cuando muero yo, y tu sonrisa se ensancha. Sabes muy bien que me tienes en el borde del precipicio de tu boca, y con solo un chasquido de dedos, me tiraría al vacío con los ojos cerrados. Ni siquiera esperaría a que tú estuvieras al final para cogerme.

Inconscientemente, muevo una mano hacia adelante, pero esta duda antes de posarse sobre tu cabeza. Enredo mis dedos en la selva negra que es tu pelo y sueño que, cuando ya te hayas ido, las yemas recuerden la suavidad de tus rizos enmarañados. Es el acto más valeroso que he hecho en lo que a ti respecta; ni siquiera me atrevería a llamarte otro día.

Sé que no soy la única que te calienta las sábanas en este otoño tan frío. Sé que mañana, pasado o la semana siguiente atraparás a otra chica como me atrapaste a mí. Te acercarás a ella en un bar, alabarás su forma de vestir - el vestido largo de color verde militar y las botas negras -, la mirarás de reojo y con picardía entre broma y broma, le preguntarás qué está bebiendo y acabaréis sentadas en un sofá mientras fumáis y habláis de filosofía y feminismo. Y cuando sea la hora de marchar le dirás que tienes ganas de volver a verla, pero la noche no acabará ahí todavía.

Joder, desearía poder repetir estas pocas horas que he pasado contigo. Tus besos me han sabido a poco y me temo que el tacto de tu piel contra la mía ya solo forma parte de un vívido pasado. Todavía no te has ido y ya te desvaneces delante de mí. Tus ojos se cierran (vaya pestañas tienes, parecen alas de cuervos) y las ventanas de tu nariz se abren al mismo tiempo que tus pulmones se llenan de aire. Estiras la sábana hasta la altura de tu nariz; la suave curva de tus caderas se funde con la colcha y se me priva de admirar tu cuerpo desnudo. Pero el recuerdo de tus pechos, pequeños pero piramidales, bañados en sudor y en mis besos se ha quedado esculpido en un rincón de mi mente. Me alegro de haber formado parte de tal obra de arte. No podía haber habido un reparto mejor.

Ojalá me durases para siempre y ojalá no me llamases solo para encontrar historias en culos de jarras de cerveza o contar orgasmos antes de llegar a la cama. Ojalá tuvieras las mismas ganas de verme como las que tengo yo de encontrarte. Ojalá escuchase noche tras noche y día tras día tu risa, esa que siempre intentas ocultar para mantener tu faceta de "chica dura" y sentimientos infranqueables. Ojalá pasase noches contigo solo durmiendo, relajadas. Ojalá despertase acurrucada a tu lado. Ojalá no desenterrases tus pantalones bajo mi vestido verde militar. Ojalá no me dieras un beso de despedida, sino uno de "luego nos vemos". Ojalá no fueras tan impredecible y tempestuosa para así estar preparada por si vas a aparecer de nuevo o no. Ojalá no tener que vivir solo con el recuerdo de nuestra íntima fiesta de sin pijamas.



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