Emersión

Capítulo 1
DISTRITO DE MARINA, SAN FRANCISCO
15 DE JUNIO


S
ubí el volumen de la radio; Keila estaba viendo la televisión en el comedor y los gritos de júbilo del programa de citas me inquietaban. Yo hubiese querido poner Crónicas Vampíricas; sin embargo, en esos momentos mis «dominios» consistían en guantes de látex verdes, estropajo, jabón, fregadero y un montón de platos y cubiertos sucios acumulados durante dos días enteros.

Según la tablilla de tareas imantada a la nevera, ese sábado le tocaba a Keila hacer la cena y limpiar la cocina, no obstante, juró que me cambiaría el turno al día siguiente si esa noche ella quedaba libre. Mi padre, inocente de él, aceptó la propuesta, pero yo me negué en redondo. Vivir con Keila me había enseñado a no fiarme de ella, y menos de sus falsas promesas, pero acabé cediendo debido a la amenaza implícita de mi padre: ¿no me dijiste que hoy saldrías de fiesta? Pues esto tiene que estar limpio antes de que te marches, Arlet.

Me fastidiaba que yo tuviera que hacer el trabajo de Keila mientras que ella disfrutaba en el salón de un precioso tiempo libre burlándose de mí. Por si fuera poco, cuando yo estaba aún cenando me lanzó el trapo de limpiar al pecho. Me miró por encima del hombro con una sonrisa triunfante antes de decir: me encantaría ayudarte, pero las obras de caridad las hago de lunes a viernes. Mala suerte, hermanita. Qué ganas tuve de estrellarle un plato en la cabeza. Su actitud arrogante me ponía enferma.

Mientras, mi padre nos observaba con el ceño fruncido, atento por si Keila y yo comenzábamos una discusión. Y con razón. Ella y yo no nos soportábamos; de hecho, ni siquiera siendo más pequeñas nos habíamos llevado bien. Teníamos personalidades, ideas y gustos tan distintos que nos peleábamos constantemente estuviéramos dónde estuviéramos y fuera por lo que fuera. Lo que más impresionaba a ojos ajenos no era que esto les ocurriese a dos hermanas, puesto que uno se acostumbra a esa clase de dramas, sino que las participantes en las batallas fueran gemelas, ya que se supone que existe un vínculo afectivo más grande y toda esa historia de la comunicación psíquica. En mi caso, tal afirmación era una mentira enorme: Keila jamás había sentido empatía hacia mí, ni yo por ella. Yo no lo veía tan grave; éramos inevitablemente incompatibles.

Aquella noche, Dylan trabajaba hasta tarde en los cines Wilde. Él era el único que parecía estar a mi favor; aunque más que hacerlo por si yo tuviera o no razón, era para cumplir con su deber como hermano mayor. No significa que me quisiese más a mí que a Keila, pero es cierto que más de una vez sugirió a mi gemela que cambiase su repelente manera de ser. En cambio, mi padre posicionaba su apoyo incondicional y ciego casi siempre a favor de Keila Lágrimas de Cocodrilo, quien lo utilizaba en mi contra. Mientras, yo deseaba que nosotras no fuéramos parientes.

¡Cómo echaba de menos que mi madre pusiera orden en casa! Me tenía que conformar con verla pasar con su bata blanca de un lado a otro de la casa igual que un espíritu vaporoso errante.

Mientras yo raspaba restos de carne quemada enganchados a la bandeja del horno, oía a Keila criticar a una concursante del programa por como vestía y por los pretendientes que escogía. En una ocasión gritó tan fuerte por encima de la radio que dejé de lado mi tarea y me asomé por la puerta para reñirle. La vi sentada sobre un puff rosa a menos de un metro de la televisión, totalmente atraída por la fuerza hipnótica del programa. Me sorprendió que estuviera sola, ya que mi madre solía sentarse en el sillón marrón de la esquina del salón y ver durante horas programas de cocina o de diseños de interiores.

—Keila, baja la voz, ¿quieres? Los vecinos se van a quejar y papá está durmiendo —aseguré, poniendo los brazos en jarra. Yo siempre actuaba como una madre.

—Dios, Tina, eres más estúpida que Arlet, y eso ya es decir… —continuó ella, ignorándome, y subió el volumen de la televisión.

Cansada de sus tonterías, fui hacia ella en menos de cinco zancadas. Le quité el mando y bajé yo misma el volumen.

—¿Estás sorda o qué? Lo menos que podrías hacer es no molestarme mientras yo hago tu trabajo —enfaticé.

Keila alzó la vista y me dedicó una sonrisa burlona con su perfecta dentadura recta y blanca.

—Qué mala es la envidia, ¿eh, Arlet? Pero supongo que es normal en las fracasadas como tú, hermanita.

Me quitó el mando de las manos y subió el volumen una vez más. Aunque estaba acostumbrada a que me tratase como a un ser inferior o invisible, enarqué las cejas, sorprendida.

Enfurecida, le arrebaté el mando y cambié al canal de música, justo en el momento en que la presentadora iba a anunciar la identidad de unos pretendientes enmascarados para la concursante. Aquello crispó a Keila: apretó la mandíbula y entrecerró sus ojos marrones. La ira refulgía en su mirada.

—Estaba en la mejor parte, gilipollas —farfulló.

—Si yo limpio por ti, tú dejas el canal que a mí me dé la gana. Además, el programa de antes fríe cerebros. Bueno, con el tuyo no puede hacer nada porque ya está muerto. —Sonreí con sorna y me crucé de brazos, mostrándole firmeza. Ella se levantó con elegancia y suavidad; desafiante como un puma.

Era como mirarme en un espejo: salvo por el peinado, éramos físicamente idénticas. Ella tenía mechas californianas rosas y yo era simplemente rubia tirando a castaña, pero las dos teníamos incluso un lunar en la base del cuello. Era espeluznante.

—¿Te crees graciosa o algo? —espetó, fría como un témpano de hielo—. Devuélveme el mando.

—Llevas días sin dar un palo al agua y hoy has conseguido que papá te librase de ayudar en casa. Encima estás haciendo demasiado ruido, joder. ¡No tienes respeto por nadie! ¡Lo llevas claro si crees que voy a dejar que te salgas con la tuya!

—Por Dios, Arlet, ¡no me hagas reír! —Puso los brazos en jarra, burlona—. ¿Cuándo vas a dejar de actuar como la salvadora de esta «familia»? —Entre risas hizo comillas en el aire.

—Cuando tú dejes de ser una engreída. ¿Acaso sabes dónde está mamá? —Señalé el sillón de mi madre para indicarle que ella no estaba y que eso no era nada bueno. Quizá habría ido al baño, pero quizá se había ido de casa, como hacía a menudo.

Keila soltó un bufido desdeñoso y un mechón de su flequillo se zarandeó como si estuviera vivo. Sonrió con malicia, preparándose para decir algo que sabía que me dolería:

—¿Por qué razón debería preocuparme por esa loca?

Me quedé callada, pero mi pecho dolía.

Hacía varios años que mi madre había caído en una depresión muy fuerte a raíz de las interminables peleas entre Keila y yo y de quedarse sin trabajo. Después, le diagnosticaron esquizofrenia: se angustiaba a menudo y muchas veces no entendíamos qué quería decir. Empezó el tratamiento con antipsicóticos y funcionó hasta cierto punto, porque las alucinaciones y los delirios eran persistentes.

Viendo que yo no respondía, Keila continuó:

—Oh, vamos, negarás que le falta un tornillo… —Alzó una ceja.

—Cierra la boca, Keila. Mamá está enferma.

—¡No, cállate tú la puta boca! —Me interrumpió, y me empujó con brutalidad—. Por mucho que te esfuerces, Rebecca no volverá a ser la misma. Acéptalo ya.

Me recompuse y apreté la mandíbula para no dejarme llevar por la rabia.

—Está recuperándose, nos lo aseguraron los médicos.

—Entonces, ¿por qué no hace su trabajo de cuidarnos y mantenernos unidos? Porque no puede. Y si ella no es capaz, yo no voy a ocupar su puesto, y menos si papá se larga durante semanas.

—No tienes derecho a quejarte porque no has mirado por nadie más a parte de ti.

—¿Sabes lo que en realidad te ocurre? —Keila me enfrentó con la mirada, quedándose a centímetros de mí—. Que no puedes soportar el hecho de que Rebecca está loca por nuestra culpa —espetó con frialdad, apuñalándome las entrañas. Me dejó descolocada—. Pero no lo es. La muy egocéntrica eligió encerrarse en sí misma antes que ayudarnos a nosotras, así que ella tiene más culpa.

Sin posibilidad de evitarlo, una fuerza me electrocutó el corazón, que empezó a bombear sangre a un ritmo frenético. Un súbito calor ya familiar me incendió las vísceras y supe que ya no podría controlarme. Impulsada por la rabia y la impotencia, descargué mi rabia contra la cara pálida de Keila dándole una sonora bofetada. Su mejilla enseguida se tornó rosa por la marca mis dedos, sin embargo, ella ni se inmutó. Al contrario, se quedó quieta unos instantes, con la cabeza ladeada, el flequillo cubriéndole los ojos y una fina línea curvada hacia arriba en los labios.

La mano me escocía, aun así, no me había calmado. Incrementé mi odio pensando que Keila se aprovechaba de que mi madre no podía defenderse. Me pareció despreciable que le reprochase algo a la mujer que nos trajo a este mundo sin recibir nada a cambio y que nos cuidó lo mejor que pudo. 

De pronto, noté un dolor agudo en la mandíbula y temí que se me hubiera desencajado. Sin haber visto cómo lo había hecho, Keila había utilizado el mando para asestarme un golpe con fuerza. Su risa me hirvió más la sangre.

Sin desperdiciar un solo segundo, me coloqué en posición de placaje, me impulsé y logré estamparla contra la baja estantería de madera situada al lado de la televisión. Ella profirió un grito ahogado y cerró los párpados con fuerza. Cuando los volvió a abrir, éstos se habían oscurecido y yo me veía reflejada en ellos: una simple chica decidida a hacer sufrir a su hermana gemela.

Keila me agarró fuertemente de la trenza y estiró de mí hacia atrás, haciéndome aullar de dolor. Intercambiamos la posición y me rodeó el cuello con un brazo. No me dejaba respirar. Entonces, me tiré para atrás, arrastrándonos contra la pared, hasta que me soltó. Ella dejó caer el mando y me dio un puñetazo en el estómago. Casi vomito la cena. Me separé lo suficiente para reponerme y ella aprovechó el descanso para tirarme al suelo e intentar arañarme.

Nuestros gritos y golpes despertaron a mi padre, que apareció justo en el momento en que yo ya no podía controlar los ataques de Keila. No dijo nada. Se limitó a separarnos con dificultad: arrastró literalmente a Keila hasta el otro extremo del salón, donde ella se dejó caer respirando grandes bocanadas de aire, y a mí me acompañó hasta el sillón vacío de mi madre.

Estaba realmente enfadado. Si no hubiese sido porque no era un hombre corpulento ni alto y que, además, las gafas, que le empequeñecían los ojos, estaban torcidas, me hubiese puesto tensa y hubiese rezado para que no me pegase con una babucha.

—¿Qué tengo que hacer o decir para que dejéis de mataros entre vosotras? —Tuvo un pequeño ataque de nervios y se recolocó las gafas.

Yo lancé una mirada de odio a Keila, que ya estaba de pie, simulando que no había ocurrido nada. Ella me respondió enseñándome el dedo anular y sonriéndome con su típica sonrisa falsa. Me levanté de un salto.

—¿¡Cómo pretendes que no nos peleemos!? Si esta bruja está todo el día provocándome. Papá, te juro que Keila se busca solita que le pegue una hostia.

Keila pasó por alto mi comentario y se acercó a mi padre poniendo cara de angelito.

—Yo estaba tranquilamente viendo un programa cuando Arlet vino pidiendo guerra.

—Yo solo quería que bajaras el volumen —bordé entre dientes.

—¿Solo? ¡Cambiaste de canal!

—¡Callaos, hosita! —Mi padre se interpuso entre las dos, que sin darnos cuenta nos íbamos acercando poco a poco. Aprovechó el instante para apagar la televisión—. Esto ya se pasa de castaño a oscuro. ¿No podéis estar siquiera un día sin pelearos? —Cruzó la mirada con cada una, reprendiéndonos—. Quiero saber quién comenzó.

Al unísono, Keila y yo dijimos el nombre de la otra.

—¡Ella me pegó primero! —aseguró Keila, falsamente molesta.

—Arlet, ¿es eso cierto? —Su mirada es fría y severa.

—¡Keila dejó que mamá se marchara y la insultó! ¿Es que eso no es más grave?

De repente, sonó el cerrojo de la puerta y nos callamos de golpe. Dylan entró las salón agarrando el brazo de mi madre, quien sonreía absenta. Él parecía desconcertado.

—Me he encontrado a mamá en Marina Green Triangle acariciando a unos gatos callejeros —explicó.

—Mamá… —Pensé que mi madre correría a abrazarme como antiguamente hacía, que me protegería de las bromas más que pesadas de una Keila más pequeña pero igual de cruel y con pecas, pero se sentó en su sillón y comenzó a tararear una canción que probablemente se estaría inventando.

Keila señaló a nuestra madre con la cabeza.

—Yo no insulté a Rebecca, solo dije la verdad. No hay más que verla para saber que no está bien de la azotea.

—Serás pécora… —mascullé.

—Se acabó —sentenció mi padre en tono firme—. Arlet, esta noche te quedarás en casa y a partir de ahora se acabó la paga que te doy.

Abrí la boca para protestar, pero pegó un grito que me hizo callar de repente. Esperé a que propugnara el castigo de Keila, no obstante, dio media vuelta hacia las escaleras. Me indigné más de lo que esperaba.

—Y ¿Keila qué? ¿Me vas a decir que no has visto cómo me arañaba con sus zarpas? ¡No es justo!

—La vida es injusta.

La decepción impregnaba el aura de mi padre y yo era la culpable. Llena de frustración, le pegué una patada al sofá y chillé antes de salir corriendo hacia mi cuarto.

—Keila, más te vale dormir con un ojo abierto —la amenacé justo antes de cerrar con un portazo.



Mi padre me llamaba desde el otro lado de la puerta de mi habitación. Al principio hablaba con suavidad, pero pasados unos minutos sin respuesta, la desesperación por mi ignorancia y la falta de descanso acabaron con su simpatía para dar paso a decir mi nombre completo y a amenazarme con tirar la puerta abajo. Sin embargo, yo no iba a dejarme disuadir tan fácilmente.

—Arlet, ábreme de una vez —me ordenó, excesivamente sereno—. No lo volveré a repetir.

Metí el reproductor mp5 dentro de una mochila decorada con la cara de Jack Skeleton, me senté en la cama y me crucé de brazos. Mientras, observé el póster de Los Vengadores pegado a la puerta y las plumas de colores de un pequeño atrapasueños.

—Ni tu madre ni yo te hemos educado así —añadió mi padre elevando el tono y yo puse los ojos en blanco, consciente de que no podía verme. El pomo vibró, luego, un suspiro—. Vas a cumplir dieciocho años, eres casi una adulta. Tienes que dejar de ser tan infantil.

Ese era el problema. Mi padre me juzgaba porque tenía diecisiete años y medio y eso conllevaba tener ciertas responsabilidades, pero cuando le convenía yo no era lo suficientemente madura para gozar de las mismas libertades que se les permitían a Keila. Resultó que ser una completa arrogante y repelente eran las características esenciales para tener relevancia en mi familia; ni siquiera bastaba con ser ya un adulto fuerte, decidido e inteligente, como Dylan. La mayoría de las reprimendas recaían en mí cuando Keila y yo discutíamos; incluso cuando yo no era la causante tenía que soportar las repetitivas charlas. Y yo ya estaba cansada.

—¿Necesitas hablar, cariño? —me preguntó mi padre recurriendo a la afiliación en vez del ataque.

No contesté y me mordí el interior del labio. Era cierto que necesitaba desahogarme, pero de nada serviría si él atribuía mis sentimientos a las crisis emocionales de los adolescentes o simplemente determinaba que Keila y yo intentábamos llamar la atención. Ella no necesitaba pelearse conmigo para captar miradas allá por donde pasase, en cambio, yo pasaba desapercibida y aspiraba a vivir en un lugar lejano donde poder empezar una vida desde cero.

—¿O mejor llamo al psicólogo? —sugirió mi padre con la voz áspera y dolorida.

Se me encogió el estómago. Ir a la consulta me horrorizaba. La sala era tan grande que me sentía expuesta y las paredes eran de un blanco austero que, en vez de transmitirme tranquilidad, me daba repelús.

El Dr. Olivier era muy profesional, serio y experimentado, pero reconocía que no había tratado un caso semejante al de dos hermanas que se aborrecieran tanto. Explicaba que las hostilidades fraternales eran normales por celos o envidia, no obstante, casi nunca se daba ese caso entre gemelos o mellizos. Después de presentarnos en su consulta unas cuantas veces y no lograr más que profundizar las diferencias entre Keila y yo, al Dr. Olivier se le acabó la paciencia y, ayudado por la insistencia de mi padre en encontrar una solución definitiva, desde hacía un año nos obligaba a tomar unas pastillas llamadas Melival que relajaban el sistema nervioso central. Eran demasiado efectivas, puesto que nos atontaban durante horas y nos quitaban las ganas de llevar a cabo actividades físicas. No obstante, Keila y yo seguíamos discutiendo diariamente, y los consejos para lidiar con nuestros rifirrafes no servían para mucho.

Tragué saliva. Abrí la boca para contestar a mi padre que no hacía falta montar un escándalo, y menos a las diez y media de la noche, sin embargo apareció Dylan para salvarme el cuello como siempre que le necesitaba.

—Papá, déjala tranquila. Es muy probable que se haya dormido escuchando música. Ya sabes, dicen que amansa a las fieras.

Soltó una carcajada forzada, seguramente estaría intentando alejar de la puerta a mi padre, quien dejó escapar una última reprimenda ahogada. Al mismo tiempo, recibí un mensaje de mi mejor amiga, Ingrid.

La señal.

Rápidamente, me calcé unas deportivas oscuras y me puse una sudadera de colores con la cremallera sin abrochar: hacía frío en la calle a pesar de ser junio. Esperé a que no se escuchase ningún ruido desde el pasillo y salí sin echar el pestillo de la puerta corredera hacia la terraza. Ésta ocupaba la mitad de la anchura de la casa y seguía hacia la parte posterior del terreno, donde mi madre cuidaba a sus plantas, ya muertas. Allí la terraza se enlazaba mediante unas escaleras de hormigón al patio interior, el cual conectaba con el comedor y con un pequeño cobertizo.

No me parecía muy buena idea salir a hurtadillas de mi casa, no obstante, mi necesidad de desconectar era agobiante; quería estar lo más lejos posible de mi familia. No pensé en las consecuencias cuándo me juré a mí misma que esa noche saldría con Ingrid y unos cuantos conocidos suyos por Alamo Square.

Eché un vistazo alrededor antes de colocar una silla frente a la gruesa pared de casi dos metros de alto contigua a la casa de mi vecino. Subí encima, me agarré al borde de la pared, me impulsé y reuní fuerzas para pasar una pierna. Confié en que no hubiese perros esperándome. Me colé y aterricé en el patio interior con el estómago encogido.


* * *


Keila Hayden acabó de darle los últimos retoques a su manicura francesa mientras escuchaba la hipnótica voz de Lana del Rey cantando Blue Jeans. Ya podría decir que sus uñas estaban perfectas e iban a conjunto con su corto vestido rosa palo. Se puso delante del espejo de cuerpo entero para examinarse, se echó perfume y se recolocó el vestido de manera que le realzase el busto. La noche era fresca, pero le gustaba lucir aquello de lo que estaba orgullosa. ¿Por qué dejar de enseñar su cuerpo? No era como su hermana Arlet, más discreta y vergonzosa.

Para Keila, la primera impresión que se tiene de alguien se basa en la forma física y la ropa, no en el interior, puesto que solo provoca más hipocresía. Desde su punto de vista, tener una buena imagen era esencial para ser alguien en la vida o, como mínimo, para tener amigos decentes. Si no, te rechazan. Y Keila no soportaba el rechazo. Además, ella se atrevía a decir lo que pensaba por muy cruel que fuese aunque dañase; en el fondo lo hacía porque no soportaba que hubiese gente mejor que ella. Le divertía sacar a la luz los errores de los demás porque les veía demasiado patéticos como para darse cuenta de que los tenían. No obstante, sobre todo disfrutaba hundiendo a su propia hermana. Arlet era tan vulnerable, tan fácil de destruir, que no suponía ningún esfuerzo para Keila atacarla. Y era tan divertido ver a su hermana enfadarse o llorar.

Guardó su móvil con una sonrisa de oreja a oreja: los gritos de su padre llamando a Arlet eran música para sus oídos; lo menos que haría el señor Ezra Hayden sería castigarla sin salir aquella noche. Arlet se enrabiaría y echará la culpa a Keila, como siempre. «Qué ilusa», se burlaba Keila. Su padre la tenía como la hija preferida y estaba segura de que Arlet la envidiaba por ello, así pues, le acusaba por todo.

Miró la hora del reloj y advirtió que aún le faltaba más de una hora para que sus amigos la fueran a recoger, así que, domada por los nervios, decidió buscar los pendientes de oro blanco que le había regalado su padre a los dieciséis años. Rebuscando en el primer cajón del escritorio encontró de todo menos los pendientes y eso la frustró, no obstante, algo le llamó la atención. Enterrado bajo una montaña de papeles y pintauñas encontró un pequeño oso marrón de peluche, al que le faltaba una oreja y un ojo. Llevaba atado al cuello un lazo púrpura con el nombre de Arlet escrito en letra discontinua e irregular típica de niños pequeño.

De pronto, Keila sintió una nube de recuerdos posarse sobre ella. Aquel era el peluche favorito de su hermana; significaba mucho porque había sido su único amigo y confidente durante muchos años. Al verlo, Keila no pudo contener una risa cáustica y triunfal: le robó el oso a los seis años alegando que lo había perdido y, con esto, se llevó también la felicidad de su gemela, transformándola en una niña desprotegida y asustadiza. Pero la diversión se neutralizó cuando divisó al lado del muñeco el bote de pastillas que actuaban como sedante, las que seguirían en la farmacia de no ser por el Dr. Olivier. Esto llevó a Keila a una conclusión: la causante de que se las tuviera que tomar era Arlet.

Entonces, motivada por un violento impulso, Keila tiró el bote al suelo provocando que las pastillas azules salieran disparadas en todas direcciones. Cogió unas tijeras y el oso de peluche y se colocó en frente de un espejo. No se vio a sí misma, sino a la Arlet de seis años que lloraba hasta quedarse dormida, y no sintió compasión.

Cortó el cuello del peluche con las tijeras abiertas. Primero un tajo, luego otro, y así hasta que dejó de sentir su sangre hervir y el oso se convirtió en una masa uniforme de trozos de tela marrón con bolas de relleno blanco.

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