«Bigger»



Todo el mundo sabe que en la adolescencia se suele cambiar, que es la época en que uno se busca a sí mismo aunque falle miles de veces en el intento. Yo había visto cómo mucha gente destapaba su lado más salvaje, cómo se encerraban en burbujas de cristal impenetrables, cómo el abusón del instituto caminaba de la mano sonriente con otro chico. Pero la «transformación» más increíble que había presenciado la tenía delante de mis ojos.

Él había dejado de ser quién era.

Lo había perdido todo: los amigos verdaderos, la familia, un sueño por el que luchar. No estaba solo en realidad, pero era como si lo estuviera. Le rodeaba gente por interés propio, porque en esa época él era fácil de manipular; su padre le tachaba de improductivo y de perdedor; la chica que más había querido le había dejado y se sentía perdido. Se lo notaba en sus grandes ojos color café.

Recuerdo que cuando éramos pequeños nos teníamos el uno al otro, prácticamente éramos inseparables. Juntos, las tardes se llenaban de risas incontroladas y sonrisas sinceras. No me cansaba de ver cómo se le formaban hoyuelos en las mejillas y se le rizaba el flequillo que le caía por la frente. O cuando tenía la manía de pegar un salto y tocar el marco de la puerta, o cuando se ataba primero el zapato izquierdo. No sé cómo lo hacía, pero conseguía sacarme una sonrisa aunque yo pensase en encerrarme por siempre en una habitación con las persianas bajadas. Sin luz, asfixiándome por momentos. Y él, a pesar de que no lo reconocía abiertamente, se sentía feliz si yo le presionaba para que hiciese lo que más le gustaba, no lo que los demás esperaban de él.

Sin embargo, todo eso se quedó atrás, justo antes de que las nuevas amistades terminasen separándonos. Nosotros dos tuvimos la culpa, porque no fuimos lo suficientemente valientes para seguir al lado del otro, para reconocer que no queríamos que una amistad así se deteriorase. Por eso le echaba tanto de menos.

Ni siquiera había podido ver cómo yo misma había cambiado, no solo de aspecto, sino de forma de ser también. Ahora era fuerte. Era más grande y, por fin, tuve las agallas suficientes para ponerme de pie, acercarme hasta donde estaba él acompañado por sus amigos, abrirme paso entre ellos, ignorar sus expresiones de confusión y abrazar al que había sido mi mejor amigo, mi primer amor, sin importarme lo que pensaran.

El suelo se esfumó bajo mis pies cuando él me envolvió entre sus brazos y enterró la cara en el hueco entre mi cuello y el omóplato.

Hemos crecido, pero te he echado de menos susurró en mi oreja.

Comentarios

  1. Oooooooooooh!!*.* lo que quiero decir es... ooooooooooooooh! *.*
    Que cosa tan bonita! Es cierto, crecemos, cambiamos y nos alejamos de las personas que desde pequeños han estado jugando todos los días con nosotros.
    Una unica persona ha pasado por mi mente mientras leía el relato... jugabamos y merendabamos juntos siempre que podiamos pero de pronto, sin saber como ni cuando... todo cambió, nos separamos y ya ninguno es el mismo que antes. Ha cambiado, ahora parece uno de esos niños chulos y yo... yo soy una chica tímida (loca cuando me conoces) que esta tratando de curar esa timidez poco a poco y lo va consiguiendo... Demasiadas cosas han pasado y ya ni nos hablamos. En fin, así son las cosas.
    Muy bonito el relato! :)
    Besoos!!^^

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    Respuestas
    1. Es muy triste que personas con las que hemos vivido muchos momentos (ya sean buenos o malos) parece que te hayan olvidado con el paso del tiempo... Me da mucha rabia, pero es que en realidad muy poca gente mantiene a los amigos que tenía en la infancia e.e Ojalá esa situación cambiase tanto para ti como para todo aquel que lo ha vivido.

      Yo, por más que lo intente, no consigo quitarme de encima la timidez... JOJOJOJO Espero que tú puedas :D

      Muchísimas gracias, de nuevo, me hace muuuuy feliz que comentes! :)

      ¡Besos y abrazos! <3

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