«Like a ghost»


Ya no aguanto más.

Me levanto de la silla y cojo un abrigo negro con forro polar. Fuera hace frío. Este es uno de los días más fríos del año debido a al banco de niebla que se ha abierto camino por toda la ciudad.

Mis padres no están en casa, así que no me tomo la molestia de avisarles. Salgo a la calle y observo el día gris plomizo que difumina todo aquello que está ante mis ojos. Comienzo a caminar. No tengo un rumbo predeterminado, solo sigo a mis piernas y dejo la mente totalmente en blanco porque pensar demasiado acabará por destruirme. Por lo menos, la humedad que se me cala en los huesos y el frío me mantienen en la tierra; son un recordatorio de que aún sigo aquí. De que respiro y tengo piel, la cual está pálida y helada. Si hubiera sido otro día, quizá hubiera hecho lo imposible por mantener mis orejas calientes o mi garganta protegida, sin embargo, no siento nada. Mejor dicho, nada me importa. Sólo sigo adelante.

Un paso. Otro paso. Con la vista hacia el frente, la barbilla alzada y los dedos de los pies entumecidos. Observando las calles solitarias de mi alrededor y los pájaros refugiarse en las ramas de los árboles.

De pronto, me paro. Ya basta. El tiempo es un lujo innecesario, por tanto, no me molesto en saber la hora. No tengo ni idea de cuánto he caminado ni adónde estoy. Parece un parque, pero no estoy segura porque la niebla lo engulle todo: cada hoja, cada banco, cada rayo de luz. Hay personas que, como yo, pasean; son parejas y van de la mano o son amigos que se ríen entre ellos o gente que va y viene como si fuera a trabajar. Pasan por mi lado y me las quedo mirando fijamente a los ojos, no obstante, no parecen percatarse de mi presencia. Lo vuelvo a intentar, esta vez con más énfasis, e incluso me pongo delante de ellos, pero cambian de rumbo sin inmutarse.

¿Qué está pasando? Me siento perdida, invisible. Intento hablar, pero de mi boca solo salen gemidos extraños y luego nada. Ni un suspiro, ni un grito. Nada.

Entonces, corro. Corro todo lo que las piernas me permiten y no me detengo. Quiero retroceder el tiempo o, simplemente, borrarlo. Me caigo y me vuelvo a levantar, raspándome la palma de las manos con la hierba y manchándome los pantalones, hasta que mis pulmones me ordenan que tome una bocanada grande de aire y que descanse. Apoyo las manos en las rodillas durante un rato y veo que las piernas ya me tiemblan. Alzo la vista y veo un edificio enorme de cristal delante de mí. Es hermoso y terrorífico a la vez. Me acerco a éste y entonces lo veo. A decir verdad, no lo veo. No tengo reflejo. Toco el frío cristal y ni siquiera se quedan mis huellas marcadas en él. Tampoco tengo aliento.

Miro alrededor y todo lo que veo es niebla y más niebla. Me doy por vencida y dejo que ésta me cubra con su manto blanco lentamente, ascendiendo por mis pies hasta el punto en que realmente no puedo ni mirarme las palmas de las manos y cierro los ojos.

La niebla es como un escudo, pero no sabría decir si me protege de los demás o si protege a los demás de mí.


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